
El agua se escurre distinto sobre la sien izquierda que sobre la derecha, últimamente. Ahí la piel quedó más lisa que del otro lado. Me di cuenta lavándome la cara, nada más. La ventana del living da al norte, y a esta altura del día la luz pega de costado en la pantalla: ahí se nota la sombra que baja de la nariz, más marcada que antes.
Ese es el surco nasogeniano, el mismo de siempre. Maderoterapia facial, autocuidado realista, algo de bienestar freelance de sábado a la tarde y no de noche antes de dormir, eso ya lo comparé en otra entrada: llevo tres años metida en esto y todavía discuto conmigo misma sobre qué camino conviene más para esa zona en particular.
Antes de los palos, probé de todo un poco para la cara cansada. Cucharas frías de la heladera sobre los párpados, por ejemplo, no hacían nada, solo mojaban la almohada un rato. El rodillo básico que tengo hace tiempo tampoco alcanzaba para el surco: es una zona chica, con más tensión acumulada de la que un rodillo grande toca bien. Ahí empecé a mirar en serio la tabla moldeadora chica y el palo redondo que uso para la mandíbula.
Maderoterapia facial en el surco nasogeniano: presión directa o trabajo desde arriba
Desempolvé un curso de Hotmart que compré hace tiempo con muchas ganas, y que abandoné a mitad del segundo módulo. Bruna, mi colega de diseño, hizo el mismo curso entero — ella termina lo que empieza, le guste o no, cosa que a mí todavía me cuesta. Volví solo por las clases que hablaban de esta zona en particular, nada del resto. Además sigo tutoriales sueltos de YouTube los sábados, a los tumbos — ese tema da para su propia entrada.
Ahí conviene recordar que no es un solo músculo el que tira. Es todo un grupo de músculos faciales trabajando junto, aunque no voy a meterme en cuál hace qué. Para eso está la página completa. Entender que el problema no arranca en la arruga en sí, sino en cómo se tensiona todo alrededor, me cambió la forma de tocarme la cara: ya no busco planchar la línea, busco soltar lo de al lado.

Antes de cualquier sesión me fijo que las herramientas estén limpias — la limpieza en serio de la madera es cuento aparte, ya lo conté en otro lado. Si estás por sumar piezas, a veces conviene usar un kit de maderoterapia facial profesional para autocuidado en vez de ir comprando sueltas, que es como terminé yo con dos rodillos de maceta en el balcón.
Mi perro cruza el living justo cuando estoy por identificar bien la zona tensa, y pierdo el foco un rato. Pero así son mis sábados ahora, total no hay apuro.
Lo que pasa si ataco el pliegue de frente
Ir directo al pliegue fue lo primero que probé, meses atrás. Tomo la tabla chica, la paso despacio desde la nariz hacia la comisura, un par de veces, nunca más. Cuando el aceite se seca antes de tiempo, siento cómo la piel se tira detrás del palo, como si no quisiera soltar — ahí paro y agrego más, no sigo insistiendo.
Sigo con el aceite de almendras porque es el que tengo siempre a mano, no porque haya comparado marcas ni tipos de aceite; ese tema da para otra entrada. La piel de la cara es fina, mucho más fina de lo que parece cuando mirás un tutorial a las apuradas — por eso si aprieto de más, lo único que consigo es que se me ponga colorada un rato largo.

Magalí, una lectora que me escribió hace un tiempo, me contó que le pasó algo parecido con un rodillo que había calentado de más: se le puso la mejilla colorada por horas. Tiene la piel bastante más fina de lo que ella misma pensaba — se lo dijo la dermatóloga cuando fue a consultar. Desde ese mensaje, me escribe antes de probar algo nuevo.
Soltar el pómulo y la mandíbula, la otra vía
La otra manera que uso es no tocar el pliegue para nada al principio. Empiezo arriba, en el pómulo, con la tabla moldeadora en círculos lentos, y bajo recién al final hacia la mandíbula. La diferencia entre este palo y el mini redondo que uso para la mandíbula da para su propia entrada — acá los uso los dos sin pensarlo mucho, según lo que sienta más duro ese día.

Con tantas horas de pantalla encima, la tensión se acumula justo ahí antes de bajar a la boca; eso también es tema aparte que ya escribí en otro lado. El orden exacto de los movimientos, y qué tan rápido o lento conviene ir, son otros dos temas que dejo para otras entradas — acá solo cuento que voy despacio, sentada derecha, porque encorvada no llego bien a la zona de la oreja.
Empujo todo hacia ahí, como quien barre para el costado, sin pensar mucho en qué hay debajo. Lo del drenaje en sí, con más detalle, también lo puse en otro lado.
Todos los días no suma más
Probé un tiempo haciendo esto todos los días, pensando que más rápido iba a notarse el cambio en el surco. No sé si fue la piel que se cansó o la cabeza que se acostumbró, pero bajé el ritmo: ahora son tres veces por semana, y ya. Cuánto es demasiado, para cada quien, es tema que ya resolví aparte — acá solo cuento mi propia medida.
Tampoco entro en qué madera es mejor para esto: la mía es la que tengo, y desliza pareja cuando tiene aceite encima — con eso me alcanza. Son palos pesados para su tamaño, no de esos livianos que se sienten a hueco cuando chocan en el cajón.

Si tenés rosácea o capilares que se marcan fácil, esto no lo voy a decidir yo por vos: hablá con una dermatóloga antes de pasar una madera por la cara. Yo misma freno apenas veo un rojo que no baja rápido. En invierno, con la piel más reseca, prefiero enfocarme en la maderoterapia facial en invierno para hidratar la piel seca antes que perseguir el surco en particular.
Las expectativas reales sobre lo que esto cambia y lo que no, ya las puse en otra entrada — no quiero repetirme acá.
¿Qué rutina se queda en mi sábado?
Si tengo poco rato el sábado, voy directo al pliegue con la tabla chica: rápido, sin vueltas, aunque sé que dura menos. Si tengo la tarde entera, empiezo arriba, en el pómulo y la mandíbula, y dejo que el surco se acomode solo — ahí es cuando más se nota al otro día. Los dos caminos sirven, pero no para lo mismo, y ya no me peleo por elegir uno solo.
El otro día, buscando fruta en el Mercado Central, me crucé con un espejo largo en un puesto de bijou — esa luz de tubo no perdona a nadie. El surco seguía ahí, marcado igual que siempre. Pero ya no se sintió como una alarma, más como una línea más en la cara, sin drama.
Después de tres años con los palos, la mandíbula suelta y el pómulo despejado me importan más que borrar nada. Para quienes buscan otra zona, hace poco escribí sobre técnicas de maderoterapia facial para levantar cejas con guía avanzada, que sigo probando los sábados que sobra tiempo.
Mi cara sigue siendo la mía, surco incluido. Esto es mi diario personal, no un tratamiento — si buscás algo clínico o tenés dudas puntuales sobre tu piel, consultá a un profesional de la estética o a una dermatóloga.